El diagnostico de que mi papá tenia cáncer fue en su momento, para mí, la peor noticia que alguien podía recibir y el golpe más duro que yo recibía en mi vida, claro, nunca había recibido malas noticias, los sufrimiento en mi vida se limitaban a que una novia me había dejado y la muerte de mi abuelitas, pero hace muchos años atrás; hasta el momento de esa noticia, según yo, tenía padres y hermanos inmortales, que difícilmente pronto iban a morir; también tenía un buen salario, buenas mujeres y amistades y mi vida se enfocaba en cómo malgastar mi dinero en fiesta.

Pero cuando recibes esa noticia, te ponen los pies en la tierra y si me obligaran a compararlo con algo (cosa que es difícil hacer), yo diría que es como cuando alguien se levanta del suelo y abre los ojos, luego de que algún desastre natural pasa encima de su casa; hasta ese momento no sabes que pasa, pero temes más al futuro que al presente. No sabes si tendrás fuerzas para afrontar lo que viene y el miedo a lo desconocido te abruma.

Recuerdo que ese mismo día, con ojos aguados pero aun sin llorar, me metí a internet a buscar información sobre el tipo de cáncer que habían diagnosticado a mi padre, también recuerdo que la primera frase que busque fue: “cura contra el cáncer”.

Más de 15 millones de respuestas encontró Google en menos de un segundo, para todas mis tantas dudas y temores; algunas respuestas alentadoras decían que en Cuba tenían la cura y muchas otras hablaban sobre los tratamientos, pero pocas respuestas me hablaron en ese momento, de lo que mi familia iba a pasar y que para el próximo año, mi padre ya no iba a estar con nosotros.

A los días de esa mala noticia, mi hermano acompaño a mi padre a una cita médica y efectivamente el cáncer tenía cura y había que operarlo, tal vez un poco de quimioterapia, pero nada mortal. Y todo se podía hacer en mi país.

Después de muchos años, volví a acercarme a Dios y le dije que si él sanaba a mi padre yo seguiría creyéndole y siguiéndole. Era tan iluso que creía que Dios era quien ocupaba de mí.

Cuando un familiar nuestro es diagnosticado con cáncer, empiezan las oraciones para que sane, la fe se convierte en una condicionante para que salven a quien amamos, intercambiamos nuestra fidelidad con Dios a cambio de un interés personal, convertimos la sanidad de nuestro familiar en algo que creemos que podemos comercializar con Dios. Y nada más alejado de la realidad que eso, con Dios no se negocia y a Dios no se le pide, a Dios se le agradece y se le obedece.

Dios es un pacto de amor de la humanidad, su tiempo es perfecto y él sabe porque hace las cosas, nuestras vidas ya están destinadas y nuestra función se limita a tomar decisiones para dejar huella en los demás.

No voy a entrar mucho en la etapa post operación de mi padre, ni en lo que vivimos ese tiempo, solo voy a mencionar que al parecer la cirugía fue un éxito, pero los efectos segundarios afectaron otros órganos y luego de un poco más de un mes, mi padre murió.

Ese tiempo de la operación a su muerte, fue de oraciones, peticiones y más negociaciones con Dios, nadie, ni ningún médico, nos decía que mi padre podría morir y si a eso sumaba que yo creía que mi padre era inmortal, pues era cuestión de semanas para ver a mi papa de nuevo en casa. Por eso, aunque estaba pendiente y preocupado por su salud, ya no tenía miedo, pues tenía “fe” de mis negociaciones con Dios y tenía la seguridad de que mi padre sanaría y él y los doctores ganarían la lucha contra el cáncer.

Y es que precisamente de eso trata este artículo, el cáncer siempre gana, en una lucha cuerpo a cuerpo él siempre lleva la ventaja; si bien es cierto los médicos pueden combatirlo y es necesario hacerlo, nosotros paralelamente debemos aprender a aceptarlo; si yo en ese momento hubiera visto las estadísticas de cuantas personas pierden su guerra con el cáncer, y más aún, si yo en ese tiempo hubiera entendido que no puedo cambiar el destino y que había un objetivo en la vida de nuestra familia por la que mi papá tenía cáncer, creo que hubiera dedicado menos tiempo en escuchar a los médicos y me hubiera enfocado más en escuchar que decía y que quería mi padre.

Muchas veces gastamos nuestras fuerzas en pedir la sanación de la persona con cáncer, cuando lo correcto es aprovechar el tiempo. Esos miles de temores que se tienen al principio, hay que cambiarlos por otras emociones y el primer paso para ello, es aceptar el desenlace de lo que se va a vivir a causa de esa enfermedad.

No sabemos cuánto va a vivir la persona con cáncer, es más, ni siquiera sabemos si va a morir a causa del cáncer o por otra circunstancia, por eso aunque debemos seguir las instrucciones médicas, nuestra vida se debe enfocar a las recomendaciones que nos pide el familiar enfermo.

Hoy viene a mi mente, un día que mi padre quería un helado de paleta, pero que por recomendación médica no podíamos darle; yo aproveche que mi madre y mi hermano no estaban en casa y fui a comprarle la paleta, el recuerdo que tengo fue ver a mi padre comerla como un niño, sin importar si se chorreaba la ropa o si parte del helado caía al suelo, hoy que mi padre no está, mis recuerdos son lo feliz que estaba en ese momento y no lo mal que se puso luego a causa de la lactosa…

Y es que no se trata de desafiar a los médicos y sus recomendaciones, dar calidad de vida también consiste en no hacer cosas que van a empeorar el estado del enfermo de cáncer, por eso la importancia de lo que recomiende el médico; pero dar calidad de vida también consiste en escuchar a quien la necesita, convertir sus miedos en alegrías, enterarlos que son importantes y que los amamos.

El cáncer no es más que un medio para ayudar a otros, detrás de toda historia de cáncer hay una historia de amor y una enseñanza para quienes quedan, hay una anécdota que dejará siempre huella entre quienes nos quedamos a espera del reencuentro.

Y hay algo que es una realidad, al enfermo con cáncer, aun en su lecho de muerte, siempre le da tiempo de reconciliarse con Dios y de entregar su vida con obediencia y humildad. Entonces porque no hacerlo nosotros y dejar que el cáncer le gane a vida, pero sobre todo de verlo como el destino de cada uno y como un acto de obediencia a Dios y de amor a quienes lo padecen.

Yo aún extraño y algunas veces lloro a mi padre, pero no le reclamo al cáncer, extraño la huella que el dejo en vida y si pudiera devolver el tiempo, lo primero que cambiaría, seria en preocuparme menos por su enfermedad y más en lo que él quería hacer.

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